(P)atentar contra la vida

Hace tiempo que intento aclarar mi postura respecto a la propiedad intelectual. Con propiedad intelectual me refiero a toda clase de idea, utensilio o tecnología que suponga una novedad o la innovación de otra existente. Osea, todo aquello que, hoy por hoy, puede ser patentable o registrable como “inventado” por un individuo o empresa y, por tanto, explotable de forma exclusiva por ellos durante un tiempo determinado. Para otro momento dejaremos las “creaciones” artísticas, que las creaciones son cosa divina y merecen tratamiento aparte.

Hoy me he decidido a escribir porque creo tener cada vez mas clara la postura. Cada vez más nítida mi posición en contra de las patentes en general pero, muy en particular, de todas aquellas que, en todo o en parte, se hayan derivado de un esfuerzo público. Y lo que ha hecho que aclare mi postura es un magnífico post sobre las células HeLa y la polémica que surgió tras su descubrimiento.

Muy brevemente, las células HeLa son una línea celular inmortal, utilizada casi universalmente en los laboratorios de investigación biomédica y que fue obtenida a partir de muestras del cáncer de cérvix de una paciente del hospital Johns Hopkins llamada Henrietta Lacks. Está línea celular se vende, aunque no está patentada y, por tanto, hace que haya gente que gane dinero con ellas. Mucha gente, excepto Henrietta, que está muerta, y su familia, afroamericana y humilde, que lucha por percibir una parte de los beneficios que genera su comercialización. Dejando de lado los detalles del procedimiento y el consentimiento informado, la pregunta que flota en el aire es ¿qué derecho tiene una familia a reclamar ganancias monetarias por algo que, no sólo no es un mérito suyo ni de su familiar sino que llega a través de un procedimiento diagnóstico habitual? Por otro lado el contrapunto, ¿qué derecho tiene alguien a ganar dinero en exclusiva con unas células ajenas y con la ayuda de unas tecnologías que, en su mayor parte, proceden de hallazgos previos impatentables? En el caso de las células HeLa no aplica porque no fueron patentadas y, por tanto, aunque comercializadas, nunca lo fueron en exclusiva, pero en muchos otros hallazgos científicos similares, ¿qué derecho tiene alguien a comercializar algo de forma exclusiva por el simple hecho de culminar en primer lugar una tarea que, muy probablemente, haya involucrado a cientos o miles de personas, todas ellas realizando pasos imprescindibles para la consecución del producto patentado?

La respuesta legal (no necesariamente lógica, ni mucho menos) nos la da el propio origen de la palabra patente. Como explica bien la Indianopedia, la única diferencia entre un pirata y un corsario era la “patente de corso”, es decir, el beneplácito real a realizar el mismo expolio a cambio de una parte de los beneficios. Más tarde este beneplácito se extendió a las invenciones y de ahí se deriva la legislación actual. Superado el motivo inicial de la patente en el momento actual la justificación para mantener las patentes es la innovación. Los defensores argumentan que sin la posibilidad de explotar una invención o un producto de forma exclusiva, los inventores se verían desincentivados para conseguir nuevos productos y, por tanto, se frenaría la innovación. Sin embargo, como la propia Wikipedia refleja parece que, como mínimo, esta justificación no tiene demasiado sentido hoy día. No sólo no es que incentivan sino que la experiencia en algunos campos de la innovación, como la ciencia o el software, la frenan dramáticamente.

Pero remontemos arriba en el argumentario. En principio se asume que la existencia de un monopolio es un problema para el mercado. Las posiciones monopolísticas son, teóricamente, perseguidas en todas las democracias liberales. Sin embargo los productos derivados de la innovación sí pueden ser explotados monopolisticamente desde un punto de vista utilitario. Algo asumido como injusto (el monopolio) deja de serlo desde el momento en que nos pueda beneficiar. Por otro lado, los descubrimientos de elementos naturales, las técnicas, las ideas y cualquier otra actividad humana intelectual, innovadora o no, excepción de las artes, no merecen la protección de la explotación en exclusiva mientras no puedan ser convertidas en producto industrial, es decir, monetarizadas. Osea, que la protección no es al esfuerzo de crear o innovar, la protección es, exclusivamente, a la capacidad de explotar una idea. Eso ya genera la primera controversia. No protegemos realmente la innovación, las nuevas ideas, protegemos la concreción de esas ideas. Su industrialización. Osea, la innovación no da derecho a la explotación exclusiva: La utilización de una idea ajena para una conferencia propia no es punible. La utilización de una idea ajena para un experimento propio es el pan nuestro de cada día. Es decir, el aprovechamiento intelectual de una idea para nuestro propio beneficio no sólo no es ilegal, sino que es frecuente, casi obligado en algunos campos. Queda el derecho moral del creador de la idea, el derecho a cita. Pero ni siquiera eso es obligatorio. Entonces, si no protegemos las ideas, sino su industrialización y si la atribución de las ideas a sus ideólogos no es un valor necesario para mantener la innovación, ¿por que defendemos las patentes?.

Lo ilustraré con un ejemplo. Natalizumab es un anticuerpo monoclonal humanizado contra la integrina alfa4 de los glóbulos blancos. Es el tratamiento más efectivo hasta la fecha para la esclerosis múltiple. Su aparición en el mercado no es (sólo) mérito de Biogen. Su aparición depende de que alguien descubra el papel de los linfocitos T en la esclerosis múltiple, que alguien vea que necesitan una integrina para penetrar al cerebro, que esa integrina se descubra, se secuencie, se identifique, se cristalice, que alguien elabore un anticuerpo no humanizado para detectarla, que la use en ratas, que vea que es efectiva en ellas… y, por último, que una empresa con capacidad de monetarizar esa secuencia de actos creativos agudice el ingenio, compre los derechos, la ensaye y la venda. La empresa obviamente arriesga, aunque no mucho, porque, al final, le compensa. Pero esa no es la clave. La clave es que ellos utilizan una posición de superioridad industrial para ejecutar en exclusiva un derecho que no sólo ha requerido de su inversión, sino de muchas inversiones previas de distintas agencias científicas, muy probablemente pagadas con impuestos, que han puesto dinero a fondo perdido para que otros culminen, bajo un riesgo claramente inferior al asumido por las entidades públicas, llegado el momento óptimo para hacer dicha inversión. Y esa posición de superioridad no se la da el haber sido creativo o innovador, sino tener una capacidad operativa mayor en un mercado relativamente cerrado (a ver quien es el listo que monta una empresa farmacéutica). La recompensa al sistema público, que ha invertido muchos impuestos en que se llegue hasta la culminación útil de una idea es un fármaco muy efectivo, extraordinariamente caro que, de nuevo, pagamos todos con los impuestos.

Si todo esto redundara en un beneficio social global pues, quizá la “injusticia” del monopolio fuera compensada por la “utilidad” de la injusticia. Pero parece que ni siquiera es así. Al menos en lo que a la industria farmacéutica se refiere, un estudio ya clásico, demuestra que las patentes farmacéuticas no sólo no favorecen la innovación sino que desincentivan la búsqueda de nuevos fármacos o la búsqueda de nuevas aplicaciones a los ya existentes. Cuando la industria ejerce un monopolio sobre un fármaco y se trata de una industria (muy) concentrada, otras industrias no sólo pueden desincentivarse para entrar en un campo ya explotado sino que pueden acordar no interferir entre ellas. La proporcion de gasto invertido en marketing respecto al invertido en investigación nos da una pista. En los ultimos años la proporcion de beneficios de empresas farmacéuticas dedicados al marketing ha crecido sustancialmente respecto al gasto en innovacion. Compensa mucho más exprimir mediante el marketing el rendimiento de un fármaco que buscar uno nuevo. Y cuanto más tiempo dure el periodo de explotación exclusiva del fármaco, más compensa usar el marketing antes que innovar en buscar otras cosas. Por otro lado, parece que para que aparezca innovación siempre ha de aparecer de la mano de grandes inversiones privadas. Sin embargo hay muchisimos ejemplos de innovación sin grandes recursos e inversiones cuyo máximo ejemplos es el software libre pero tambien en la ciencia aplicada. Ensayos públicos o financiados por fundaciones o asociaciones de pacientes, relativamente baratos, pueden encontrarse en multitud de fármacos y patologías. No sólo eso sino que, teniendo en cuenta que las compañias farmacéuticas cobran por sus fármacos y compensan lo invertido y tienen para pagar cuantiosos bonos y dividendos gracias a dinero obtenido, mayoritariamente, con impuestos, quizá a los estados les compensaría invertir más en investigación translacional y pagar menos por los medicamentos de sus ciudadanos. Pero hay mucha gente que tendría que dejar de vivir tan bien… las primeras las farmacéuticas pero no sólo… las oficinas de patentes cobran por patente registrada… la EMEA y la FDA se financian en gran parte con la industria… Es decir, al final, existe un lobby beneficiado y un funcionariado financiado directamente por el lobby para acabar de cerrar el círculo.

En estos días hemos vivido una guerra por controlar patentes que da que pensar. Apple frena la comercializacion de la tablet estrella de Samsung, que lleva Android, sistema operativo de Google. Google compra Motorola Mobility por sus patentes, para contrarrestar el ataque. Carteras de decenas de miles de patentes sólo pueden significar que lo que es negocio no es innovar, sino patentar. Utilizan una posicion oligopólica para perpetuar gracias a monopolios legales dicha situación. Y la estrategia para ganar mercado es sacar a los demás del mercado porque tú has “visto” antes una innovación que, quizá fuese hasta lógica (el doble click o la previsualización de una imagen están patentados, por ejemplo). Y los lobbies industriales entienden que dónde tienen que hacer presión para perpetuarse es en las leyes de coyright y propiedad industrial, que les darán más réditos con menos esfuerzo.

Ahora estamos con una vuelta de tuerca más… Hasta ahora los productos de la naturaleza, los “descubrimientos”, no eran patentables. Pero, a pesar de que, anteriormente se había desestimado esta posibilidad, por ejemplo con el genoma humano de Venter, ahora hay genes que si pueden ser patentados. Y en esas están, por ejemplo con el gen BRCA, responsable de cáncer de mama y ovario hereditarios. Ese gen existe en la naturaleza, alguien lo descubre y otro diferente patenta su método de análisis y desde entonces sólo ese otro puede hacer los análisis. Aunque la técnica sea algo, en estos momentos, al alcance de cualquier laboratorio medio con el abaratamiento de las técnicas de secuenciación.

Todo esto no tendría importancia si estuviéramos hablando sólo de avanzar. Pero avanzar, en algunos casos, como el del BRCA o las células HeLa o el natalizumab, tiene costes sociales que, de nuevo, repercuten, en gran parte, en los estados y sus ciudadanos. Por eso, si el software libre es imparable, de WordPress a Firefox, con una calidad superior al comercial, si la ciencia avanza en disciplinas básicas de forma vertiginosa, si cada vez hay más y mejor conocimiento en todos y cada uno de los ámbitos del conocimiento no mercantilizables… no veo la razón por la que hay que (p)atentar contra la vida. Imaginemos que la rueda, el hacha magdaleniense, el barco de vela o, como dicen por ahí, el internet, hubieran sido patentados. ¿Habrían contribuido aún más al progreso y la innovación? Si la respuesta es que no, entonces no hay por qué legislar a favor de un monopolio que, en cualquier otro ámbito, se considera nocivo y perseguible.

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12 comentarios en “(P)atentar contra la vida

    • Gran aportación y gran documental. Sin embargo la propiedad intelectual, que es lo que trata el documental, tiene algunos matices que para mi requieren de una argumentación diferente a la propiedad industrial. Pero por eso decía que las “creaciones” para otro momento…

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